Valentina estaba en el baño, disfrutando de un relajante baño de burbujas dentro de la tina. Con el celular en la mano, deslizaba la pantalla una y otra vez, buscando consejos para seducir a un hombre.
Entró a un blog lleno de fotografías demasiado explicitas. Sus mejillas se tiñeron de rojo, pero, aun así, siguió leyendo.
—"A los hombres les gusta que sus esposas sean seguras de sí mismas, sensuales y atrevidas..." —Leyó en voz baja.
Continuó deslizando la pantalla.
—"Una buena mamada hasta que se vengan" —Murmuro.
Se quedó pensativa. Ayer en la mañana, cuando lo masturbó, el mismo Alexander le había dicho que sería mucho mejor si usara la boca.
—Se fue a trabajar… después de que cogimos toda la noche.
En ese momento recibió una llamada de Amanda Hart, su suegra. Valentina tomó una bocanada de aire y contestó con tranquilidad.
—Suegra... —Saludó.
—Hola, Valentina. Lamento molestarte en domingo. —Dijo Amanda Hart al otro lado de la línea.
—No es ninguna molestia, suegra. —Respondió Valentina.
Amanda Hart no le desagradaba. Desde que se casó con Alexander siempre la había tratado muy bien. Miranda solía decirle que todas las suegras eran un dolor de cabeza, pero Amanda no lo era.
—Valentina, me gustaría hablar contigo en persona. —Dijo Amanda— ¿Podrías venir a verme mañana?
…
Alexander llegó a la mansión apresurado y fue recibido por Lucía.
—No puedo creer que se haya ido a trabajar precisamente hoy. —Reclamó Lucía con los brazos cruzados.
Alexander desvió la mirada y se pasó una mano por el cuello. No hacía falta que ella se lo dijera. Él mismo ya se había dado cuenta de que irse a la oficina esa mañana había sido un error.
—¿Y mi esposa? —Preguntó Alexander, forzando una sonrisa.
—En la recámara. Sola. Justo donde usted la dejó antes de irse a trabajar. —Respondió Lucía con una mirada de desaprobación.
—Nana, no volverá a suceder. Te lo prometo. —Murmuró mientras se acercaba para tomarla de las manos.
Lucía suspiró y negó con la cabeza.
—Vaya... Ordenaré una comida especial. —Dijo con una leve sonrisa.
Alexander asintió, pero no se movió. Permaneció de pie unos segundos, pensativo.
—Nana... ¿Está enojada conmigo? —Preguntó.
—Pregúnteselo usted mismo. —Respondió. Después se dio la vuelta y lo dejó solo.
Alexander soltó un largo suspiro y se dirigió a las escaleras. Las subió con rapidez hasta llegar a la recámara.
Al entrar a la recámara, Alexander se quedó observando el lugar. Había cambios evidentes. Las cortinas, ahora de un tono más claro, combinaban perfectamente con las sábanas de la cama. En una de las mesas había un florero con rosas, sustituyendo la botella de whisky que siempre permanecía ahí.
Escuchó unos ruidos en el vestidor y caminó hasta ahí. Al entrar, recorrió el lugar con la mirada. Parte de los estantes ahora estaban ocupados por vestidos, zapatos, bolsos, perfumes, maquillaje y demás pertenencias de Valentina.
—¿Valentina? —Preguntó Alexander, sorprendido.
Ella le daba la espalda mientras terminaba de abotonarse una de sus camisas de pijama. La prenda le quedaba holgada, cubriéndola mucho más allá de los muslos.
—Alexander, llegaste. —Dijo al darse la vuelta con una sonrisa.
Valentina se acercó a él y apoyó ambas manos sobre su pecho. Le dedicó una sonrisa cargada de inocencia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....