Alexander salió del vestidor en ese momento. La recorrió con la mirada al verla con aquel camisón corto de color azul pastel. Tenía finos tirantes, un escote de encaje y mangas de tul semitransparente que caían hasta los antebrazos. Sonrió. Se veía inocente, pero al mismo tiempo jodidamente atractiva.
—¿Qué haces aquí? —Preguntó.
—¿Cómo que qué hago? —Respondió Valentina, frunciendo el ceño. — Te di diez minutos y ya pasaron trece.
Alexander arqueó una ceja y negó con la cabeza. Apenas llevaba tres minutos de retraso.
—¿Te arrepentiste? —Preguntó ella mientras caminaba hasta quedar frente a él.
Alexander no respondió de inmediato. ¿Arrepentirse? Había esperado demasiado tiempo para cogersela. Sería un completo idiota si ahora cambiara de opinión.
—No. —Respondió.
—Entonces, ¿por qué no regresaste a la recámara? —Insistió Valentina.
—Estaba buscando condones. —Respondió con calma— Pero no los encontré.
—¿Eso es un problema? —Murmuró.
Valentina sabía perfectamente para qué servían los condones. Sin embargo, jamás se había detenido a pensar en ese tema. Nunca creyó que llegaría el momento de necesitarlos.
—No, si es contigo... —Respondió Alexander con una ligera sonrisa.
Valentina sonrió, se acercó a él y le tomó las manos.
—Entonces vamos a la recámara. —Dijo, tirando suavemente de él.
Alexander no se movió. En cambio, la atrajo hacia sí y apoyó las manos sobre su cintura.
— Te cogeré aquí, Valentina — Murmuró él.
Valentina se mordió los labios, y asintió.
Alexander atrapó sus labios en un beso. Sus manos bajaron de inmediato hasta sus nalgas para levantarla un poco y pegarla de lleno contra su cuerpo, haciendo que el coño de ella se restregara directo contra su verga erecta.
Valentina enredó sus manos alrededor del cuello de Alexander y le devolvió el beso, chocando su lengua con la de él. Sentía la verga de Alexander restregarse contra su coño, que ya empezaba a humedecerse.
Alexander le apretujaba las nalgas con fuerza, enterrando los dedos justo entre ellas. Apartó una mano solo para darle un azote, sacándole un gemido ahogado a mitad del beso.
Sus besos bajaron por su cuello, succionando y lamiendo hasta dejarle un par de marcas rojas. Mientras tanto, una de sus manos bajó directo a su coño y empezó a frotar con los dedos sobre la tela de las bragas.
—Mierda... ya estás bien mojada —gruñó contra su oído, para después morderle el lóbulo.
Alexander se apartó un poco. Ella tenía la respiración entrecortada y los labios hinchados, dejando ver claramente las marcas rojas en su cuello. Él subió las manos por su espalda hasta llegar a sus hombros y tiró de los finos tirantes hasta romperlos.
Valentina soltó un gemido de sorpresa, pero no tuvo tiempo de reaccionar; Alexander terminó de jalar el camisón hacia abajo, dejándola solo en bragas de encaje.
—Alexander…

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....