Valentina anudaba la corbata de Alexander mientras él mantenía las manos sobre su cintura y la observaba con una sonrisa. Esa mañana, ella había elegido incluso el traje que llevaría y se había encargado de ayudarlo a vestirse.
—Me puedo acostumbrar fácilmente a esto… —susurró Alexander.
—Hazlo. Puedo hacerlo todos los días —respondió ella con una sonrisa, aunque seguía concentrada en dejar el nudo perfecto—. Por cierto, anoche no te lo dije, pero Miranda vino.
La expresión de Alexander cambió de inmediato al escuchar su nombre.
—¿Qué quería? —preguntó, manteniendo la calma.
—Quiere que vaya a cenar este viernes a su casa. Su padre se lo pidió —respondió Valentina mientras terminaba de acomodar la corbata—. Y acepté…
Alexander suspiró. No necesitaba pensarlo demasiado para saber qué buscaba Marcos Evans con aquella invitación.
—No debiste aceptar, Valentina —dijo con seriedad—. Marcos sabe que pronto recibirás la herencia y quiere aprovecharse de ti.
—Lo sé —respondió ella, sin apartar las manos de su corbata—. Pero Marcos siempre ha sido muy cruel con Miranda y, si no voy, podría hacerle daño…
Alexander entrecerró los ojos. A pesar de todo lo que Miranda había hecho, Valentina seguía preocupándose por ella.
—Bonita, eres ingenua, ¿lo sabes? —dijo mientras acariciaba suavemente su mejilla.
Valentina infló las mejillas en un pequeño mohín.
—Pero también me encanta eso de ti —añadió Alexander con una sonrisa—. Aun así, sigo sin estar de acuerdo con que vayas a esa cena.
—Entonces, ven conmigo —propuso ella con una sonrisa—. Eres mi esposo, es normal que vayas conmigo a todas partes.
Alexander arqueó las cejas. Sí, eso era lo normal, pero antes Valentina buscaba cualquier excusa para impedir que la acompañara a sus reuniones personales. Ahora era ella quien quería tenerlo a su lado.
—Bien. Iré contigo —aceptó—. No pienso permitir que Marcos Evans se aproveche de mi ingenua esposa.
Valentina sonrió, tiró de su corbata para hacerlo inclinarse y lo besó.
—¿Y los lentes? —preguntó cuando se separaron.
Alexander mantuvo las manos sobre su cintura. Recordó que la noche anterior había dejado caer los lentes al suelo y habían quedado inservibles. Tampoco tenía un par de repuesto.
—Se rompieron —respondió con indiferencia.
Valentina se apartó y cruzó los brazos. Lo recorrió con la mirada de arriba abajo. Sin los lentes, su esposo se veía sexy. Jodidamente sexy.
—No puedes salir sin lentes —comentó, fijando la mirada en sus ojos—. ¿No tienes unos de repuesto?
—No. Realmente no los necesito —respondió con calma.
—¿A qué te refieres? — Preguntó arqueando una ceja.
—No tengo ningún problema con la vista —respondió Alexander con una sonrisa nerviosa
Valentina bajó los brazos, completamente sorprendida.
—¿Qué estás diciendo? Entonces, ¿para qué carajos los usas? — Cuestiono con inquietud
Alexander se encogió de hombros, como si no fuera gran cosa.
—Me acostumbré a usarlos. Después de la operación me sentía incómodo sin ellos, así que preferí seguir usándolos… pero no tienen ninguna graduación —explicó con una leve sonrisa.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....