Valentina estaba sentada sobre la isla de la cocina mientras observaba a Alexander, que estaba de pie a su lado cortando verduras para prepararle algo de comer.
—¿Sabes cocinar? —preguntó sorprendida al ver que las verduras estaban perfectamente picadas.
—Sí. Aprendí cuando estaba en la universidad. Daniel, Nikolái y yo decidimos vivir solos, así que tuvimos que aprender a cocinar —respondió mientras encendía la estufa.
—¿Cómo es que eres amigo de un cuatro ojos mafioso? —preguntó Valentina.
Alexander arqueó una ceja y la miró.
—Perdón, no debí preguntar —susurró ella.
—No vuelvas a decirle cuatro ojos —comentó Alexander con seriedad—. Ese apodo solo puedes usarlo tú conmigo…
Valentina se quedó con la boca abierta, mirándolo con sorpresa. No podía creer que Alexander no se hubiera molestado por preguntarle sobre Nikolái, sino porque había llamado cuatro ojos a su amigo mafioso.
—Lo conocí en el internado de varones al que asistíamos Daniel y yo —respondió Alexander finalmente—. En ese entonces no teníamos idea de quién era realmente. Nos enteramos hasta que llegamos a la universidad, cuando tuvo que empezar a cumplir con sus deberes dentro de la organización.
—Entonces, ¿confías en él? —preguntó Valentina.
Alexander asintió mientras vaciaba las verduras en el sartén.
—Sí. Aunque se fue hace varios años, nunca dejó de ser mi amigo. Nikolái y Daniel son mis mejores amigos y confío completamente en ellos —respondió mientras comenzaba a mover las verduras con la espátula.
Valentina asintió y sonrió.
—Perfecto. Entonces también confiaré en ellos —dijo mientras movía las piernas de un lado a otro.
Alexander sonrió al escucharla. Sin apartar la mirada del sartén, siguió moviendo las verduras con la espátula.
Durante unos minutos, el silencio los acompañó, pero ninguno de los dos se sintió incómodo. Valentina seguía observando a Alexander mientras preparaba la cena para ella.
Su mirada se detuvo en su rostro. No llevaba los lentes puestos y, aunque le encantaba verlo con ellos, tenía que admitir que sin ellos también se veía jodidamente sexy.
—Alexander… —susurró, rompiendo el silencio—. ¿Crees que alguien entre a la cocina a estas horas?
Alexander la miró de reojo antes de dirigir la vista hacia el reloj de la pared. Ya había pasado la medianoche.
—No. A esta hora nadie suele entrar aquí. Los únicos que viven en la mansión además de nosotros son Lucía y Saúl, pero tienen su propio espacio y una cocina aparte —respondió Alexander con tranquilidad.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....