Apenas entraron al patio, vieron que había un montón de gente.
—Señora, déjeme a mí lo de cortar las verduras. Usted descanse.
—Señora, yo me encargo de darle de comer a los puercos. Usted descanse.
—Señora, barrer es lo que más me gusta. Usted descanse.
…
Cecilia vio que todos andaban trabajando, y el que estaba dirigiendo era Ignacio.
—Benjamín, ¿qué onda? ¿Qué es esto? —preguntó Cecilia.
—Cecilia… Saúl… por fin regresaron. Se aferraron a venir. Dicen que también quieren que los ayuden con la escuela. Intenté pararlos, pero no se dejaron… y pues ya ves.
Benjamín se encogió de hombros al verlos tan entusiasmados.
Ignacio de plano estaba llevándose lo de “barbero” al extremo.
—¡Cecilia! ¡Saúl! —Ignacio los vio y corrió con la escoba en la mano para saludarlos.
Cecilia sonrió, un poco incómoda.
Ignacio luego agitó la mano para llamar a los demás.
—¡Banda! ¡Ya llegaron Cecilia y Saúl!
Los estudiantes se pusieron en fila y gritaron al mismo tiempo:
—¡Hola, Cecilia! ¡Hola, Saúl!
Cecilia se quedó sin palabras.
—¿Qué tal? ¿No venían a estudiar? Órale, empezamos de una vez con el repaso.
Los chavos sacaron banquitos y se pusieron a escuchar la explicación de Saúl, bien aplicados.
—Ay, qué muchachos tan trabajadores… ya me dejaron toda la casa al tiro —suspiró Marina, conmovida.
Antes pensaba que Benjamín se juntaba con puros malos pasos y por eso le iba mal.
Y eso era bueno.
Saúl no se veía cansado; al contrario, se llevaba bien con ellos.
Sabían que Saúl tenía buena formación y que antes fue un pez gordo en el Grupo Rivas, así que lo admiraban todavía más.
Como decía Ignacio: les había caído un tesoro.
Si Saúl no hubiera pasado por lo que pasó, ¿cuándo iban a conocer a alguien como él?
—Cici, Saúl, mañana a las diez de la noche, como a veinte y tantos kilómetros, en un lugar que se llama Cuesta de las Ánimas, va a haber una carrera de motos. ¿Quieren ir a ver? Les conseguí los boletos —dijo Ignacio, sacando dos pases enrollados.
Cecilia había oído hablar de esa Cuesta de las Ánimas. Cuando vivía con los Valdés, Marcos era fan de las motos.
Por él se enteraba de que cada año iba.
Clara e Iker no lo dejaban, pero él se escapaba.
—Esos boletos no los consigue cualquiera —dijo Saúl—. Bien ahí, Ignacio.

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