El vestido que llevaba la modelo era de un tono verde amarillento muy suave, del mismo color que la hierba recién brotada de la tierra. Evocaba la primavera en todo su esplendor.
Estaba adornado con muchísimas flores, lo que le daba un aire de ensueño, como si hubiera salido directamente de un bosque mágico.
El escote palabra de honor tenía el diseño de una enorme flor.
Al lucirlo, la modelo parecía una verdadera hada del bosque, bellísima.
¡Estaba deslumbrante!
En cuanto el vestido fue exhibido, comenzaron los murmullos entre el público. Todos estaban maravillados, y el sonido de las cámaras se hizo más intenso.
—¡No puede ser! Ese... ¡ese vestido es claramente el mío! —Teresa se puso de pie de un salto.
—¿Qué pasa, Teresa? —le preguntó Cecilia.
Teresa le respondió desesperada:
—¡Cici, yo diseñé ese vestido! Es idéntico al mío. ¿Cómo es posible que el diseño de Miriam sea igual? ¿Qué voy a hacer? ¡Soy la número 08, ya casi me toca salir! ¡Ay, Dios mío, qué hago!
¡Teresa estaba a punto de echarse a llorar de la angustia!
Tenía todo fríamente calculado, solo para darse cuenta de que el vestido de la competencia era una copia exacta del suyo.
—¡Teresa, no te paniquees! Pídele a alguien que me traiga la laptop donde tienes tus diseños, ¡y tú vas a salir a desfilar de todos modos!
—Pero... ¿cómo crees? Los vestidos son igualitos, ellos ya lo vieron primero. ¡Si salgo después, van a jurar que yo fui la que se lo robó!
—Teresa, déjamelo a mí. Confía en mí. —Cecilia le apretó la mano.
Teresa miró a Cecilia. Sabía que su hermana menor era el amuleto de la suerte de toda la familia.
¡Decidió confiar en ella!
—Está bien, voy a prepararme.
Dicho eso, Teresa se fue tras bambalinas.
El trabajo de Miriam dejó a los jueces muy satisfechos; todos tenían expresiones de franca admiración.

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