Aarón abrió los ojos de par en par, mirando a Leticia sin dar crédito a lo que acababa de pasar.
Rápidamente, su asombro se transformó en rabia; intentó matarla ahí mismo en venganza.
Pero Leticia no le dio oportunidad; sacó el cuchillo y se lo clavó varias veces más con furia.
—¡Muérete!
—¡Vete al infierno!
—¡Maldito animal! ¡Me engañaste!
—¡Animal! ¡Desgraciado! ¡Infeliz! ¡No tienes alma! ¡Monstruo!
Leticia apuñaló el cuerpo con locura repetidas veces; tenía el rostro cubierto de sangre.
El arma en su mano chorreaba líquido rojo, manchándola por todos lados.
—¡Leticia! ¡Hija mía! —gritó Matías, desgarrado de dolor por ella.
Al ver que Aarón ya no se movía, Leticia dejó caer su cuerpo al suelo de rodillas, como si el alma le hubiera abandonado el cuerpo.
Quedó frente a frente al cadáver de Aarón.
Extendió la mano y le dio otra bofetada al cuerpo sin vida.
—¿Por qué no me sigues insultando? ¡Sigue humillándome! ¡Habla! ¡Di algo!
Aarón tenía los ojos abiertos, la sangre le escurría por la boca, pero no hizo ni el más mínimo movimiento.
—¡Jajajaja! ¡Jajajaja! —Leticia rompió a reír como una desquiciada.
Mónica se encargó de encubrir y solucionar el desastre.
Unos días después, Leticia, acompañada por Matías, fue al hospital a interrumpir su embarazo.
Se había vuelto una persona retraída y silenciosa. En cuanto se recuperó físicamente, Matías la mandó a vivir al campo.
***
En las oficinas del Grupo Solano.

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