Leticia volvió a gritar de dolor.
Estaba acurrucada en un rincón, temblando de miedo.
Había creído que al estar con Aarón sería feliz por el resto de su vida.
¡Pero todo era mentira, una maldita mentira!
—¡Lárgate! Zorra, a partir de este momento, te me largas de aquí, ¡no quiero volver a verte en mi vida!
Aarón se acercó, arrastró a Leticia, quien ya tenía la cara llena de moretones, y la echó a la calle.
¡Leticia había sido arrojada de la casa!
No llevaba nada consigo.
Ni siquiera su celular.
Solo tenía puesta la pijama.
Estaba despeinada, con la cara hinchada y sin zapatos.
Se acurrucó en la banqueta, temblando de frío, escondiendo el rostro entre sus brazos, sin atreverse a mirar a nadie.
—¡Por qué me pasa esto a mí! ¿Qué hice mal? —sollozó.
—Leticia —se escuchó una voz familiar.
Leticia levantó la vista y vio que era su padre.
—Papá... —lloró Leticia.
Matías Herrera se quitó el abrigo y se lo puso sobre los hombros.
—Leticia, vámonos a casa, hija. Te estuve buscando por mucho tiempo.
—Papá, ¿de verdad todavía puedo regresar a la casa? —lloró con amargura.
—¡Claro que sí! ¡Siempre serás mi hija!
Matías ayudó rápidamente a Leticia a subir al coche, y el vehículo se dirigió hacia la mansión Fonseca.
Al llegar, Matías la ayudó a bajar.
Apenas se bajaron, padre e hija vieron que Mónica y Zacarías iban llegando; los cuatro se encontraron frente a frente.

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