—Híjole, Aarón, ¿ahora qué hacemos? Habías tomado, ni debiste subirte. ¡Destrozaste el coche de Leticia! Si el señor Damián se entera, seguro se va a poner furioso —le advirtió uno de los compañeros.
Al escuchar la advertencia, Aarón sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Si el padre de Leticia se enteraba de que él había destrozado el auto por irresponsable, tal vez le prohibiría estar con ella. ¿Qué iba a hacer?
—Con lo dañado que quedó, mandarlo a arreglar va a costar una fortuna, ¿no?
Leticia miró de reojo a Matías. Él apretaba los dientes, furioso y decepcionado a partes iguales.
Ella se quedó paralizada, sin atreverse a soltar ni una sola sílaba.
Aarón se apresuró a tomar las manos de Leticia.
—Leticia, mi amor, perdóname. Te juro que fue un accidente. Te pido mil disculpas, no me odias por esto, ¿verdad?
—No... no estoy enojada contigo. Lo que me preocupa es qué le voy a decir al patro... digo, a mi papá.
—Leticia, tu papá te consiente en todo. Eres su única hija. Aunque se haya arruinado un coche, seguro no le importará tanto. ¿No puedes mandarlo arreglar a escondidas antes de que se dé cuenta? Te lo suplico, no lo hice a propósito, perdóname.
Al ver la situación, Liliana también intervino para defender a Aarón.
—Leticia, hoy era un día de fiesta, nadie quería que pasara esto. Es obvio que Aarón no tiene para pagar los daños, pero con tantos coches que tiene tu familia, este golpe no es nada para ti. ¡Hay que dejarlo por la paz!
Los demás asintieron, dándole la razón.
Acorralada por la presión social de no quedar mal, Leticia tuvo que fingir demencia.
—Tranquilos, no me enojé. Solo es un coche deportivo más, tengo el garaje lleno, no me afecta en lo más mínimo. Ya vimos suficientes coches por hoy, ¡mejor entremos a tomar y picar algo! —les dijo Leticia, intentando sonar casual.

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