Después de tanta insistencia por parte de Aarón, Leticia terminó cediendo.
Se dirigió a la habitación de Matías.
Sabía que, si se las pedía directamente, él se negaría en rotundo. De por sí, ya estaba molesto por haberlos dejado entrar al garaje.
Su lealtad al patrón era inquebrantable, jamás le entregaría las llaves.
Así que se metió a escondidas al cuarto de su padre. Él le había mencionado que administraba muchísimas cosas de la propiedad.
Incluyendo las llaves de los autos.
Revolvió todo por un rato hasta que dio con una caja elegante.
Al ver que tenía un candado digital, probó tecleando su fecha de cumpleaños y, ¡bingo!, se abrió.
Para Matías, ella era su mayor tesoro.
Sin embargo, Leticia se quedó pasmada al ver el montón de llaves; no tenía idea de cuál era cuál.
Agarró una al azar y salió apresurada.
—¿Conseguiste la llave, Leticia? —le preguntó Aarón en cuanto la vio.
—Sí, pero había muchísimas y no supe reconocerlas, así que tomé esta. ¿Te sirve?
—¡Claro que sí! ¡Es de un Ferrari!
Cualquier coche en el garaje de la familia Fonseca era espectacular, ¡jamás le haría el feo a ninguno!
—Aunque, te digo una cosa, ese mayordomo tuyo es un prepotente. Él debería haberte traído las llaves a la mano en lugar de hacerte ir por ellas. ¡Qué falta de respeto!
Dicho eso, Aarón se dispuso a buscar el auto.
Presionó el botón de la llave y un coche deportivo encendió las luces con un doble pitido.
¡Se veía increíble!
—Oye, Aarón, ¿lo vas a manejar? —preguntó uno de sus compañeros.
Aarón hizo girar las llaves en su dedo.
—¡Obvio! ¡Leticia me dio permiso de probarlo!
Abrió la puerta y se subió, mientras sus colegas se morían de envidia.
Seguro solo él tenía esos privilegios, a fin de cuentas, era el futuro yerno de la familia.
Al sentarse frente al volante, sintió que flotaba.
¡Su BMW no era nada comparado con esto!

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