Al escuchar que Gaspar había terminado en el hospital, Melisa no se atrevió a provocar más a esa fiera que tenía enfrente.
Se apresuró a rebuscar en los cajones hasta sacar el pagaré firmado hace cinco años.
—Aquí... aquí está todo —dijo Melisa, temblorosa.
Cecilia tomó el documento y se lo mostró a Martina.
—¿Es este?
—Sí.
Sin pensarlo dos veces, Cecilia rompió el papel en mil pedazos.
Acto seguido, salió del lugar junto a Martina.
Una vez que estuvieron en el coche, Martina soltó un largo suspiro.
—¡Qué alivio! Cecilia, todos estos años mi tía no dejó de aprovecharse de mi mamá. Lo de hace un momento de verdad me quitó un peso de encima.
—Es obvio. Con gente como tu tía, la única solución es usar la fuerza. De nada sirve intentar razonar con ellos.
Cecilia miró a Martina y le dijo en tono suave:
—Martina, a partir de ahora, yo me encargaré de ti. Por cierto, no te he preguntado, ¿qué está pasando entre tú y Camilo? He notado que ambos se comportan muy raro.
—No... no es nada. —La mirada de Martina comenzó a esquivarla de inmediato, incapaz de sostenerle el contacto visual a Cecilia.
—Si tienes algo que decir, suéltalo. ¿Acaso hay secretos entre nosotras? Camilo me escucha, y si se atreve a lastimarte, yo me encargaré de darle una lección.
—No, él no me ha hecho nada malo, es solo que... bueno... nos acostamos.
¡Cecilia se quedó pasmada!
—¿Me estás diciendo que se acostaron?
Martina asintió despacio.
—Ese día, los dos estábamos muy tomados. No sé cómo pasó, pero terminamos juntos. Yo sé que a Camilo no le gusto, y además, recibí una llamada de mi casa, así que me fui. Cecilia, de verdad no sabía que esto pasaría... —explicó Martina mientras comenzaba a llorar.
Cecilia la rodeó con sus brazos.
—Si ya pasó, ya pasó. Hablaré seriamente con ese muchacho.

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