Era la primera vez que veía a alguien gastar el dinero a manos llenas.
¡Solo alguien inmensamente rico haría algo así!
—Aarón, ¿no decías que ella no tenía para pagar? ¿Cómo es que ahora...
Leticia Herrera no había terminado de hablar cuando Cecilia les echó un vistazo y dijo:
—¿No decían hace rato que querían comprar este modelo? Mónica, ¡dáselas a ellos!
Mónica Fonseca sonrió y les acercó la bolsa.
—¡Tomen! ¡Cómprenla! ¿Quién va a pagar? Leticia, ¿pagas tú o paga Aarón? —preguntó Mónica sin rodeos.
Leticia puso mala cara.
Aarón, para salvar su orgullo, se apresuró a responder:
—Por supuesto que la compraré yo. Como hombre, ¿acaso no me corresponde pagar a mí?
Al decir eso, sacó una tarjeta y se la entregó a la empleada.
—¡Cobre de aquí y envuelva la bolsa!
La vendedora miró la tarjeta, y de pronto la venta ya no le pareció tan emocionante.
Esa única bolsa no era nada en comparación con las treinta que Mónica acababa de llevarse.
—Aarón, eres tan lindo conmigo —dijo Leticia, conmovida.
Aarón miró a Mónica de forma provocadora y comentó:
—Leticia, hay que ser racionales al hacer las compras. No podemos andar por ahí sin una gota de buen gusto, como esos nuevos ricos.
—Sí, tienes toda la razón.
Apenas terminó de hablar, la vendedora regresó con la tarjeta en la mano.
—Lo siento, señor. Su tarjeta no tiene fondos suficientes.
¡Las sonrisas de Leticia y Aarón se congelaron al instante!
—¿Cómo que no hay fondos? Si todavía me quedaban más de cien mil pesos...
—Señor, la bolsa que ha elegido tiene un precio de quinientos mil pesos.
—¡Qué! —Aarón se quedó pasmado.
Hasta ahora, para complacer a Leticia, le había comprado collares y aretes que iban desde unos pocos miles hasta poco más de cien mil pesos los más caros.
¡Nunca le pasó por la cabeza regalarle una bolsa de medio millón de pesos!

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