—¿Qué te pasa? ¿O sea, ya te crees mucho? —Cecilia dio un paso al frente.
No quería meterse, pero la actitud de la vendedora era demasiado grosera.
—Cecilia, no hagas drama. Le voy a mandar mensaje al gerente.
Mónica sacó el celular y le escribió por WhatsApp al gerente.
Ella iba seguido a esa tienda y se llevaba bien con la gerente. Esa vendedora seguro era nueva y ni la ubicaba.
En cuanto mandó el mensaje, la gerente salió casi corriendo.
Era clienta VIP: si ella llamaba, aunque se le reventaran las piernas, había que venir.
—Seño… —empezó la gerente, pero Mónica la interrumpió.
—Dime Mónica, Regina.
—Claro, Mónica. ¿En qué te puedo ayudar? —preguntó Regina, súper atenta.
La vendedora se quedó helada.
Lo peor: Regina le hablaba a Mónica con un respeto tremendo.
—Hace rato quería comprar esta bolsa y tu vendedora me dijo que no me alcanzaba y que ni la tocara.
Regina fulminó a la vendedora con la mirada.
—¿Qué te pasa? ¿Estás ciega o qué? ¿Así tratas a la gente? ¿No sabes ofrecer algo de tomar, aunque sea agua? Esta es clienta VIP. Y como vuelvas a descuidar así a un cliente, te vas a la calle.
La vendedora, por fin, entendió el tamaño de su error y fue en friega por agua para Cecilia y Mónica.
—Señoritas, una disculpa… aquí tienen.
—No hace falta el agua. Me gustaron esas treinta bolsas: me las vas empacando todas —dijo Mónica.
La vendedora se quedó en shock.
—¿Qué esperas? La clienta ya habló —la regañó Regina.
—¡Sí, sí! Ahorita lo hago —reaccionó por fin.

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