—Sí, señor.
¿Eso significaba que podía hacer lo que quisiera?
Damián asintió. En ese momento llegó su asistente.
—Señor Damián, lo de este fin de semana en el proyecto de San Laureano… ¿sí va a ir usted personalmente?
—Sí. Ese proyecto no me deja tranquilo. Organízalo con tiempo.
—Entendido.
Y se fueron.
Leticia se quedó viendo la espalda de Damián, llena de envidia.
Pensó: «Si yo fuera su hija…».
Con un papá así de rico, eso sí sería ser una verdadera niña bien.
En la empresa no tendría que tomar a nadie en serio.
No… con el respaldo del señor Damián, ya ni ahora tenía por qué hacerlo.
Cargó el vestido y se fue a ver a Aarón; él llegó en su BMW.
Cuando Aarón vio que Leticia salía de la mansión de la familia Fonseca, se emocionó.
Los rumores eran ciertos.
Leticia sí era la hija del presidente.
Si no, ¿por qué saldría de ahí?
—¡Leticia, acá estoy! —Aarón se bajó y le hizo señas.
—Aarón, qué bueno que llegaste. Quiero ir a un lugar para que arreglen el vestido. Al final, es un regalo de cumpleaños que me compró mi mamá.
—Sí, claro, entiendo. Súbete, yo te llevo.
Después de dejar el vestido en reparación, Aarón la llevó a un centro comercial.
Para conquistarla, planeó llevarla al cine, luego a cenar y después a pasear por las tiendas.
Lo ideal era “amarrarla” esa misma noche.
Compraron boletos y entraron a la sala.
Por casualidad, Cecilia y Saúl también estaban ahí, justo detrás de ellos.
Saúl le pasó las palomitas a Cecilia y ella empezó a comer.

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