Después de colgar, Mónica fue al baño.
Ahí vio a Leticia escondida, revisando a escondidas dónde se había roto el vestido.
Se notaba que le dolía.
Al final, nunca había usado un vestido tan caro.
—Ya ni lo veas. Es solo un vestido —dijo Mónica.
Leticia ya venía de malas por el vestido y, al ver a Mónica, se le subió más el coraje.
—Maribel, no te pases. Yo ni te he reclamado nada, así que bájale.
Mónica soltó una risa de desprecio.
—La que debería bajarle eres tú. Tú y yo sabemos de dónde salió ese vestido. Si no te he exhibido es porque me da flojera pelear contigo. Pero si vuelves a meterte con Alan o a buscarme bronca, te aviso desde ahorita: todo lo que tienes… lo vas a perder.
Después de advertirle, Mónica se enjuagó las manos y se fue.
Leticia se quedó ahí, rechinando los dientes del odio.
¿Con qué derecho Mónica le hablaba así?
¿Acaso sabía algo?
No. Una mujer que se viste con ropa barata no iba a saber cómo había conseguido ese vestido.
Imposible.
Además, ese vestido no era robado, ni asaltado, ni pirata.
Lo traía con toda seguridad. ¿Qué tenía que temer?
Al salir del trabajo…
Leticia regresó. Con el vestido arruinado, había traído un humor horrible todo el día.
—Leticia, ¿qué traes? —se acercó el Sr. Herrera.
—Nada, papá.
Leticia, desanimada, levantó la vista hacia la enorme mansión y suspiró por dentro.
—Si algo te pasa, dímelo —insistió él.
—Papá… ¿te imaginas si esta mansión fuera nuestra…? —dijo Leticia, pensativa.
Eso espantó a Matías Herrera.

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