Mónica le dio un manotazo y le bajó el dedo de encima.
—Quita tu mugrero de mano.
—Yo nunca dije que no iba a pagar. Le pedí el registro de compra y no lo enseña. ¿Entonces por qué me voy a disculpar?
—¡Qué descaro! —gritó Aarón—. Leticia, ahora sí no la dejes. ¡Demándala! ¡Mete denuncia! ¡Que termine en el juzgado y se quede sin nada!
Leticia apretó los dedos.
¿Denunciar? Ni pensarlo.
En una denuncia tenía que presentar pruebas.
Y ella no tenía ningún registro de compra. En un juicio no iba a poder explicar nada.
Encima, ella misma acababa de decir que no iba a cobrarle.
¿Y Aarón por qué no soltaba el tema? Qué enfadoso.
Por primera vez, Leticia empezó a detestarlo.
—No hace falta. Si no se va a disculpar, ya ni modo. Me tocó mala suerte. No voy a rebajarme a pelear con alguien así. Sería perder nivel. Y además somos compañeras; no quiero que esto se ponga feo. Ya, se acabó. Muévanse, muévanse.
—¿Ven? Leticia sí tiene clase. Si ella lo deja pasar, nosotros ya para qué nos metemos. Aarón, ya cállate.
—Sí, qué diferencia. No como otras… no compran, no pagan, y todavía se ponen al tiro. Qué cara.
—Neta, Leticia me vuelve a sorprender. Es buena persona. Una falda así y ni la hace de tos.
Leticia sonrió al ver que la estaban elogiando. Le dolía la falda, sí, pero al menos ganaba “buena imagen”.
—Ajá —soltó Mónica, con burla.
Se dio la vuelta y salió de la oficina.
En cuanto estuvo afuera, sacó el celular y le marcó a Karina Cabrera.

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