—Después de tanto tiempo, a lo mejor mi mamá borró el registro… ya no se va a poder encontrar —dijo Leticia, bajito.
Se notaba que ya no tenía seguridad.
—Va. Si no aparece en el celular, se puede pedir en tienda. Que yo sepa, los clientes de Estudio Cobalto quedan registrados de por vida. Solo llama a atención a clientes y te sacan el historial: quién compró, cuándo, todo.
Leticia se quedó en blanco.
Nunca había comprado nada así; ni sabía que existía ese proceso.
Esa falda no la compró ella, ni su mamá.
Si llamaba, se le caía el teatro.
Lo pensó y, aunque le dolía que le hubieran destruido la falda, se tragó el coraje.
—Ya, equis. Es solo una falda. A mí me sobra. Maribel, tú dale con pretextos porque seguro ni puedes pagarla. Hoy la voy a dejar pasar. Nomás discúlpate y aquí muere.
Mónica la miró con desdén. «Claro… anda nerviosa».
Pero Aarón no se iba a quedar quieto.
—Leticia, ¿cómo que la vas a dejar pasar? ¿Viste cómo se puso? Marca a Estudio Cobalto y que revisen el historial. Es una llamada. Si te da flojera, yo la hago.
Aarón, furioso, sacó su celular.
Leticia se lo arrebató de inmediato.
—¡No marques!
Todos la vieron sin entender.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia