Nuria dio un paso al frente y sonrió con calma.
—Gracias, abuela. En esta reunión voy a esforzarme al máximo para hacer contactos.
La abuela asintió.
Isabel Galindo se puso al instante de malas.
—Abuela, yo también quiero ir.
¿Por qué una oportunidad tan buena tenía que ser solo para Nuria?
—Ya se decidió. No voy a estar cambiando de opinión a cada rato. Si tanto quieres ir, pues búscale por tu cuenta.
Era obvio que la abuela lo decía para humillarla, a propósito.
Pero Isabel se aferró.
Si era así, iba a ir como fuera, nomás para demostrarles.
Lo pensó un rato y al final se le vino un nombre a la cabeza: Anaís.
Así que, por lo bajito, le marcó. Anaís aceptó encantada llevarla.
El día de la reunión…
Cecilia y Berta Solano también fueron.
—¿A poco no tenías rato sin venir a una? Hoy sí va a haber comida buena —le dijo Berta.
Cecilia volteó al área de postres. La verdad, sí venía por eso.
Había escuchado que, para esta reunión, contrataron a un pastelero de alto nivel de fuera.
Berta le pasó uno.
—Toma. Se te nota en la cara: ves un postre y se te iluminan los ojos.
—No te preocupes por mí. Yo me quedo aquí comiendo tantito. Tú ve a hacer contactos —le dijo Cecilia.
Sabía que Berta venía justamente por eso: moverse, abrirse puertas.
—No. Prefiero estar contigo. Ya no me interesa andar quedando bien. Cuando Lorenzo se desocupe, le pido que me eche la mano para ver cómo recupero el Grupo Solano. Si tengo el Grupo Solano… ¿para qué necesito andar “haciendo contactos”?
—También es cierto.
Las dos platicaban mientras comían.

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