Mateo temblaba entero mientras señalaba a Lorenzo y lo insultaba.
Como si lo odiara con toda el alma.
Lorenzo ni se dignó a mirarlo.
Cecilia habló:
—Señor Urbina, se nota que a su hijo no lo conoce en absoluto. Y además… es usted un necio.
—¿Qué quieren decir con eso? ¡Explíquenme bien!
—Se lo voy a decir claro. Su hijo me secuestró e intentó matarme. Lorenzo me rescató. Y luego su hijo dejó a Lorenzo hecho pedazos… le destrozó el cuerpo. Casi lo mata. Yo fui la que lo sacó de ahí y lo operó para que pudiera volver a estar así.
Cecilia hizo una pausa y siguió:
—Después, yo no me moví contra su hijo porque estaba hasta el cuello de trabajo. Así que Lorenzo se encargó. Su hijo está en esa cama por lo que Lorenzo le hizo, sí, pero no solo fue venganza por él: también fue por mí. ¿Ya entiende el tamaño del asunto?
—¿De verdad cree que yo voy a operar a alguien que me secuestró? ¿Qué, estoy loca o qué? Así que sí, decirle necio no es exagerar. No investigó nada, vino a rogar… y encima le rogó a la persona equivocada. Vino nomás a tragarse el orgullo.
Mateo se quedó sin palabras.
Se quedó ahí, tieso, como si se le hubiera apagado el cerebro.
Cecilia y Lorenzo estaban del mismo lado.
Y lo peor: su hijo había secuestrado a Cecilia.
Se le fueron las piernas y cayó al suelo, ido.
En su cabeza solo se repetía una cosa: «Se acabó… se acabó».
Había consultado médicos en el extranjero; allá tampoco podían curar a su hijo.
La única esperanza era que Cecilia lo operara.
Y resulta que la persona a la que Iván se le fue encima… era justamente Cecilia.
¿Cómo iba a salvarlo?

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