Alexander soltó una risa helada.
—No necesito que vengas a darme lecciones.
Dicho eso, se dio la vuelta, intentando escapar.
Pero Saúl Rivas apareció de frente.
Alexander se quedó helado. Tenía a alguien atrás y a alguien enfrente. Ya no tenía por dónde.
Cecilia se lanzó hacia él y le acomodó una patada.
Alexander cayó al piso, apretándose el pecho.
La “Lince” Cecilia sí era tan temible como decían: en cuanto se movía, pegaba durísimo.
Fue tan rápido que ni la alcanzó a ver bien; no tuvo tiempo de reaccionar.
Qué lástima… Si hubiera sabido antes quién era ella, jamás se habría metido con ella.
Dante ya había subido con más gente y entre todos sometieron a Alexander.
—Cici, la neta… matarlo sería demasiado fácil. A alguien así habría que hacerle pasar por todos los castigos del lugar, uno por uno. Eso sí le dolería.
Alexander miró a Saúl, muerto de miedo.
Como administrador del sitio, él sabía perfectamente lo que significaban esos “castigos”.
Empezó a temblar.
—¡Mátenme! ¡Por favor, mátenme! —suplicó Alexander, con la voz quebrada.
No quería pasar por eso. Era peor que morir.
—Si nomás te mencionan un castigo y te da pánico… ¿cómo tuviste el corazón para aplicárselos a otra gente? Me gusta la idea. Dante, te encargo.
Dante asintió.
—No se preocupe. Le vamos a dar el recorrido completo. Sin saltarnos ni un paso.
Alexander se asustó tanto que se desmayó.
—Híjole… con ese valor, quién sabe cómo llegó a ese puesto —se burló Cecilia.
Con Alexander ya capturado, Cecilia le avisó a Mónica Fonseca.
Mónica por fin sintió que se le quitaba un peso de encima.
—Cuando regresemos, también vamos a agarrar a esa pareja y te vamos a hacer justicia. La verdad, ellos son los peores —dijo Cecilia.
—Cecilia, gracias por hacer tanto por mí.

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