—Entendido. Zacarías, tú cuida a Mónica. No te le despegues ni un segundo.
Al rato llegó Dante. Miró a Saúl y Saúl salió con él.
—¿Qué pasó?
—Saúl, ya ubicamos a Alexander. Va rumbo a la frontera con la República de Nuevo Rosario. Parece que quiere cruzar para allá.
—Ve por él. Hay que agarrarlo sí o sí. Si no… ¿cómo le cobro esto a Cici?
—Yo voy en persona —dijo Cecilia, apareciendo detrás.
—Cici, todavía estás lastimada —Saúl frunció el ceño, preocupado.
—Tranquilo. Son golpes, nada grave. Además, ese Alexander… con el complejo destruido y pérdidas así, ya no puede volver a dar la cara con su jefe. Si regresa, lo matan. Por eso quiere huir a la República de Nuevo Rosario. Y después de lo que le hizo a Mónica… no es solo por mí. También se la tiene que pagar a ella.
—Entonces voy contigo.
—Va.
Los dos se subieron rápido al carro y se fueron hacia la frontera, siguiendo el rastro de Alexander.
Alexander ya estaba a la orilla del río.
Ese río marcaba el límite con la República de Nuevo Rosario. Con cruzarlo, llegaba al otro lado.
Ahí, la gente de Cecilia no lo encontraba… y su jefe tampoco.
En el Estado de Nueva Cartuja ya no podía quedarse.
Por las prisas, iba hecho la madre. Resbaló en el camino y cayó.
Cuando apenas estaba por levantarse, de entre los árboles se le apareció una silueta. Se asustó.
—¡Eres tú! —Alexander temblaba de pies a cabeza.
Cecilia sola había podido tumbar a tantos guardias en el complejo. Obvio que peleaba cabrón.
¿Cómo iba a ganarle?

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