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Por otro lado, Zacarías llegó a la empresa. Había comprado desayuno para Mónica.
En la mañana ella se fue enojada y ni había comido.
Entró a la oficina, pero no la vio por ningún lado.
—Disculpe, ¿alguien vio a Maribel Cabrera?
Leticia Herrera respondió:
—¿Maribel? No vino.
—¿Cómo que no vino?
Se suponía que en taxi debió llegar antes que él.
Aarón se burló:
—Zacarías, ya mejor ni te arrastres. Te estás humillando.
A Zacarías se le encendieron las alarmas. Agarró el desayuno y salió corriendo.
Aarón chasqueó la lengua.
—Mira nada más… ni cuenta se da de que le están viendo la cara y todavía le compra desayuno. Capaz que esa Maribel anda con algún viejo ahorita.
Leticia soltó una risita, a propósito.
—No seas así, Aarón. La vida amorosa del guardia también está difícil.
—Ah, claro, tú siempre tan buena onda. Oye, Leticia, ¿y si hoy saliendo vamos al cine? ¿O qué, no me vas a dar chance?
—Va, sí. Justo hoy en la noche no tengo nada.
Últimamente, Aarón andaba duro y dale con regalos para conquistarla.
Cadenas, bolsas carísimas… cada rato le llevaba algo.
Si Leticia lo rechazaba, le preocupaba “hacerlo sentir mal”.
—Por cierto, Aarón. Maribel nunca llega tarde. A estas horas ya es obvio que no va a venir. Ve con Liliana y dile que faltó. Según el reglamento, con tres días de faltas la corren.
Leticia llevaba tiempo en la empresa y ya había notado que Liliana quería deshacerse de Mónica.
Y, de paso, a ella también le caía mal.
No sabía por qué, pero sentía que Mónica la miraba con desprecio; esa actitud altiva le molestaba.

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