Cecilia miró a Saúl con preocupación.
Pero Saúl, de pronto, sonrió.
—¿Eso era? No pasa nada. Ella no me importa. Mejor ya no hablemos de ella. Si te lo confesó, supongo que ya no va a venir a fastidiar. Hasta me parece algo bueno.
Dicho eso, Saúl le sostuvo la cara con ambas manos y le rozó la mejilla con el pulgar.
—Qué bueno. Si lo estás tomando así, me dejas tranquila.
Saúl la abrazó, pero en el fondo de sus ojos se escondía una tristeza imposible de ver.
Alzó la vista hacia el cielo azul, y se tragó todo ese dolor.
¿Cómo iba a dejar que la mujer que amaba se preocupara por él?
Había tristezas que podía cargar él solo.
-
La casa de Galindo.
Isabel Galindo recibió una llamada de su mamá y se regresó de inmediato.
Últimamente había estado ocupada peleándose con Sebastián Fernández, y ni tiempo le daba de ir a la empresa; no tenía idea de qué estaba pasando en la casa.
En cuanto Olivia la vio llegar, fue directo al punto:
—Isabel, por favor, haz entrar en razón a tu abuela. Está que echa chispas.
—Mamá, ¿qué pasó?

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