De niña, ella no quería vivir así, pero no tenía opción: tenía que obedecer las órdenes de quien movía los hilos.
Cuando por fin Saúl quedó inválido, se puso tan feliz que pasó toda la noche sin poder dormir.
Sintió que al fin se iba a quitar de encima esa carga; ya no tendría que fingir ni andar quedando bien.
De hecho, cuando tiraron a Saúl a La Franja del Norte, fue idea de ella.
Ese lugar era un mugrero… que se las arreglara como pudiera.
Además, hizo otra cosa que nadie sabía.
La mujer que “cuidaba” a Saúl estaba comprada por ella: le pagó para que lo maltratara a propósito, para que la pasara fatal en La Franja del Norte… ojalá se muriera de una vez.
Después, ya no quiso quedarse ahí. Quería buscar su propia felicidad, así que le dijo a Ainhoa que se iba de Ciudad de San Martín a estudiar al extranjero por un tiempo.
Pensó que por fin se iba a despedir de Ciudad de San Martín, pero años después Ainhoa la obligó a regresar.
Y al volver, se encontró con que Saúl… estaba bien.
Ainhoa volvió a presionarla para que se aferrara a Saúl. Y quien estaba detrás también le exigía que recuperara el corazón de Saúl, para poder seguir infiltrada a su lado.
Por eso se puso a pelearse con Cecilia por él, a hacer escenas de celos.
En realidad, por dentro no quería nada de eso.
Cualquiera que viera esa cara de Saúl caía rendido por lo guapo que era… pero ella no.
Cada vez que lo veía, le daba un asco insoportable.
Hoy, que Cecilia la descubrió, decirlo en voz alta hasta la hizo sentir un poco más ligera.
Cecilia era muy lista; aunque ella no lo admitiera, Cecilia igual lo iba a deducir, así que mejor lo aceptó todo.
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Después de salir del café, Cecilia se quedó pensativa.
Tras platicar un rato con Anaís, se dio cuenta de que Anaís no era nada simple.
A simple vista parecía que era alguien que Ainhoa había puesto junto a Saúl, pero en realidad… había otra persona detrás.

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