Saúl conocía demasiado bien a Cristian.
Era un tipo con una necesidad enfermiza de controlar todo.
Y también sabía que Cristian no era de fiar: en sus ojos solo existía Kevin Rivas. Tarde o temprano, lo iban a hacer a un lado.
Antes lo trataba bien porque le servía: quería usar su capacidad.
Y durante esos años, Saúl también se aprovechó de Grupo Rivas para sacar lo suyo. Estaban a mano.
La empresa que él y Dante tenían por fuera no podía salir a la luz. Era su último secreto.
Podía perder la influencia y el estatus dentro de la familia Rivas, pero no esas compañías en el extranjero.
Si las perdía, ¿con qué iba a darle a Cecilia un buen futuro?
—Ya firmé lo que faltaba. Llévatelo. Y si no hay algo urgente, no me estés fastidiando.
—Mírate nada más. Desde temprano traes cara de felicidad, como de que quedaste bien a gusto… ¿a poco anoche sí te acostaste con la señorita Galindo?
Saúl frunció el ceño. ¿De verdad era tan obvio?
Dante ya lo tenía clarísimo.
—No, pues qué bárbaro. Veintitantos años y por fin se te hizo el milagro. Felicidades, ya sabes lo que es bueno.
Saúl le aventó una mirada filosa y le tiró los papeles encima.
Dante recibió el golpe y estaba a nada de decirle que se ardió, pero Saúl ya se había bajado.
Solo le dejó la espalda.
—Qué miedo dan los hombres enamorados —murmuró Dante, haciendo un gesto, y se compuso.
-
Cecilia llegó a la oficina. Por lo de ayer, todos ahí la evitaban.
Nadie se atrevía a decirle nada.
Pero Miriam seguía con su mala actitud: le encajaba trabajo pesado a cada rato.
En el descanso de la mañana, Saúl entró con un pastelito.
Se acercó a Cecilia.

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