Pero también tenía que respetar lo que Cecilia quisiera.
Cecilia asintió. Le rodeó el cuello con los brazos y lo contestó con un beso.
Con el permiso de Cecilia, Saúl se puso feliz como niño; se le notaba la emoción.
La cargó de golpe.
—Vámonos al cuarto.
Con la cara roja como camarón, Cecilia escondió la cara en su pecho.
—Yo nunca he hecho esto —murmuró.
—Qué coincidencia. Yo tampoco. —Saúl sonrió con ternura.
En el cuarto, el ambiente se volvió íntimo…
A la mañana siguiente.
Cecilia sentía el cuerpo como si se le fuera a desarmar.
Hasta dudó si alguien le había puesto una golpiza en la noche, porque le dolía todo.
—¿Ya despertaste? —se oyó la voz de Saúl a su lado.
—Sí… lo de anoche…
—¿Quedaste a gusto? —preguntó Saúl.
Cecilia se quedó helada un segundo y entendió. Se le puso roja hasta la punta de las orejas.
—Mira nada más… con lo ruda que eres siempre, y te da pena —se rio Saúl, bajito.
Cecilia agarró una almohada y se la aventó.
—¿Y si me embaracé?
Saúl soltó una risita.
—Eres doctora. ¿A poco no sabes lo del periodo seguro? Ayer estabas en días seguros. No vas a quedar embarazada.
Cecilia se quedó callada.
Aunque era doctora, en eso sí era su primera vez, así que estaba toda sacada de onda.
—Saúl, quiero bañarme.
—Va, ahorita te dejo lista el agua.

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