Isabel sintió la cara ardiéndole; seguro ya se le estaba hinchando.
—Estoy sangrando… Cecilia, ¡me pegaste! ¡Pinche vieja! ¡Me pegaste! ¡Ya no quiero vivir! ¡Te voy a matar!
Con la comisura del labio sangrando, Isabel quiso aventarse sobre ella.
—¡Deténganla! ¿Qué es este circo? —ordenó la abuela a los sirvientes.
La sujetaron.
—Cecilia, ¡pinche vieja! ¿Por qué me pegas? ¿Por qué? ¡Buaaa!
—¡Abuela, haga algo! ¡Es una desvergonzada! ¿Con qué derecho me pega?
Olivia, furiosa, se le fue encima a Marina con la mirada.
—Marina, tu hija golpeó a Isabel. Hoy me vas a dar una explicación.
Marina contestó con frialdad:
—¿Y tu hija difamó a la mía, eso qué? Tú también eres mamá, sabes lo que es que te duela una hija. Cuando estaban acusando a Teresa, ¿se te ocurrió que a nosotros también nos dolía?
Marina no lo veía mal; al contrario, le dio gusto.
Si no fuera por todo lo que tenía que cuidar, ella misma ya les habría caído encima.
—Cecilia, ¿así tratas a tus mayores? —la regañó la abuela.
—Abuela, Isabel acusó a Teresa y casi logra que le pegaran. Una cachetada fue lo mínimo. Yo ya dije: si no le preocupa el qué dirán, puedo demandarla por difamación. Si a usted le parece mal, ahorita mismo contacto a un abogado.
—Contacta a quien quieras. ¿Crees que te tenemos miedo? —soltó Facundo.
—¡Cállate! ¡Cállense todos! —La abuela volvió a azotar el bastón contra el piso.
—Somos familia. ¿Qué demanda ni qué nada? Todo esto lo provocó Isabel. Ya hubo cachetada, ya hubo gritos; se acabó. El que vuelva a hacer que la familia Galindo quede en ridículo, que no espere misericordia.
La abuela no iba a dejar que se hiciera más grande; lo que más cuidaba era la fachada.

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