Cada palabra de Cecilia pegó duro; nadie pudo contestarle.
Y cuando sacó lo de “robarse al prometido”, dejó a Isabel marcada frente a todos.
La abuela se puso lívida, sin palabras.
En la sala el silencio era absoluto; no se oía volar ni una mosca.
Al final, Sebastián dio un paso al frente.
—Abuela, quiero divorciarme de Isabel. Espero que usted lo autorice.
—¿Qué? ¿Divorcio? —La abuela se quedó pasmada.
La gente de Facundo se encendió al instante.
—Sebastián, ¿qué te pasa? ¿Cuánto llevan casados? ¿Y ya te quieres divorciar? ¿Te parece? —lo encaró Olivia.
—Después de lo que hizo Isabel, yo no puedo vivir con ella. En su momento me casé por el bebé. Ahora que ya no está, mejor cada quien por su lado.
—¡Imbécil! —Facundo lo regañó—. ¡Ese bebé se perdió por tu culpa y todavía vienes a decir eso!
—Sí, fue por mi culpa, lo acepto. Pero ¿saben cómo se embarazó? Isabel me drogó. La gente que ella tenía de su lado ya confesó. Yo guardé las pruebas. Al final, todo esto empezó porque ella fue la que rompió lo mío con Teresa. Esto es consecuencia de lo que hizo.
El golpe fue todavía mayor: ¿Isabel lo drogó?
—¡Mentira! Yo no… yo no… —Isabel lloró, aterrada.
Había venido a armarla contra Teresa y terminó quedando exhibida.
—Si dices que no, entonces saco las pruebas —dijo Sebastián, sacando el celular para poner una grabación.
—¡Ya estuvo! —la abuela tronó la voz y lo detuvo—. ¿No les basta con el escándalo? ¡Váyanse! ¡Todos, fuera!

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