Varios vecinos se acercaron a ver.
Pero nadie quiso intervenir.
—Se lo buscó. Es una cochinada lo que hizo. ¡Diez años! Y el niño ni era de él… le hizo criar al hijo de otro. Qué barbaridad.
—Si fuera yo, hasta la mato. Que le peguen es poco.
—Bien merecido. Ese tipo de mujeres nomás entienden así. El pobre trabajando y al final se quedó sin dinero y sin familia.
…
Con tantos mirando sin mover un dedo, se notaba que todos conocían el chisme desde hace rato.
—Cici, vámonos. Esto no es asunto nuestro —le dijo Saúl.
—Sí.
Y se fueron caminando.
Esa mujer lo había maltratado, y ahora terminó así… supongo que era su karma.
Su marido no iba a perdonarla.
Ellos no querían meterse, para no ensuciarse las manos.
—Saúl, ¿tú crees que de verdad exista eso del karma? —preguntó Cecilia.
—No lo sé.
—A lo mejor sí. Mira a esa mujer… ahí está su castigo. Tú tranquilo: quien te haya hecho daño, tarde o temprano lo va a pagar —lo consoló Cecilia.
Saúl sonrió.
—Sí. Tienes razón, Cici.
—Mira, ahí adelante está nuestra casa de antes.
Cecilia señaló la casa.
Desde que se mudaron, había quedado vacía.
Las enredaderas ya habían invadido la pared por completo.
Las sillas de la entrada estaban cubiertas de polvo.

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