—Sí. Viví ahí tres años. Cada día era un infierno, como una pesadilla.
Cecilia lo jaló y pasaron rápido.
—Si aquí te trae malos recuerdos, no hay que verlo. Y nunca más volvemos a pasar por aquí.
Saúl sonrió.
—No pasa nada. Esa etapa fue horrible, pero ahí te conocí. Te lo agradezco. Ahora hasta siento que esa casa ya no da tanto miedo.
—Oye, vamos a ver a la mamá de Fabián. Antes nos llevaba verduras seguido. Mi mamá decía que un día había que ir a saludarla. Ya que estamos aquí, vamos.
—Va.
De la mano, se fueron rumbo a la casa de Fabián.
De pronto, de adelante se escucharon gritos.
—¡Alto! ¡Regrésate! ¡No te me peles, desgraciada!
Una mujer salió corriendo y, al doblar la esquina, se estampó con ellos.
Chocó directo contra el pecho de Saúl.
—¿Estás bien? —preguntó Cecilia.
La mujer alzó la vista. Iba a pedirles ayuda, pero al ver a Saúl se quedó helada.
Saúl también se puso frío al instante.
Era la mujer que lo había maltratado en aquel entonces.
Tres años en esa casa ruin… y tres años de abuso.
Después, Cecilia se lo llevó y su vida cambió. Él nunca volvió a encontrársela y el asunto se quedó así.
No esperaba toparla justo hoy.
La mujer preguntó, temblando:
—Tú… tú eres… ¿Saúl?
No podía creerlo. Aquel tipo que estaba postrado, medio muerto, ahora estaba frente a ella.

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