—¡Ya cállate! Leandro solo es un niño con necesidades especiales. ¿De verdad no pueden ni tolerar a un niño así? Qué poca madre. Y además, ¡Leandro es de la familia! —Valeria regañó a Zoe.
Zoe no se esperaba que Valeria, que siempre parecía tan dócil, se atreviera a hablarle así.
Volteó de inmediato a ver a Cristian.
—Cristian, míralo tú. Yo nada más di una sugerencia y ya me salió con que soy una desgraciada. Lo de hace rato todos lo vieron.
A Cristian le dolía la cabeza.
No miró a Valeria, pero le habló claramente a ella.
—Ya, las dos. Te doy una última oportunidad: si no puedes vigilarlo bien, voy a poner a alguien más para que lo haga.
Valeria dio un traspié; por poco no se iba de lado.
Con eso, la reunión familiar terminó.
—
De vuelta en su casa, Ainhoa se acordó del coraje que había pasado y aventó al suelo las tazas de la mesa.
—¡Ese malagradecido! ¡Debí no haberlo tenido!
Irene se acercó a calmarla.
—Señora, no se enoje. No vale la pena enfermarse por esto. Y, la verdad, lo de hoy tampoco es culpa de Saúl. Don Cristian siempre ha tenido favoritismos con Zoe y su hijo… es lo de siempre.
—Sí, siempre se va con esa vieja. Si tanto le gustaba, ¿para qué me pidió que me casara con él? ¡Me arruinó la vida! —Ainhoa, cada vez que lo pensaba, sentía que no era justo.
A Irene se le tensó la cara. Lo de aquellos años…
Bah, mejor ni pensarlo. A estas alturas, ¿para qué?
—Señora, llegó Joaquín —le avisó Irene al oído.
Joaquín entró junto con Anaís.

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