Sebastián también llevaba toda la noche sin parar. Se acercó para consolar a Teresa.
—Teresa, ya no te pongas así. Si hace falta, seguimos buscando. De alguna forma la vamos a encontrar.
—Pobre Cici… desde chiquita la cambiaron al nacer. Cuando por fin volvió, todavía tuvo que echarse a la familia al hombro… y ahora que por fin la vida iba mejor, desaparece.
Y Teresa volvió a romper en llanto.
Antes, cuando ella repartía comida, la pasaba fatal, pero al menos estaba con sus papás biológicos, y ellos sí la querían.
En cambio Cecilia anduvo por ahí sola, sin el cariño de unos padres. Era todavía más triste.
Teresa pensó en eso y se le apretó el pecho.
Sebastián no aguantó y la abrazó.
—Ven, apóyate conmigo tantito. Sé que estás destrozada, pero tienes que aguantar. Por lo menos come algo… así no vas a resistir.
Apenas terminó de hablar, Isabel Galindo llegó hecha una furia.
—¿Ustedes dos qué están haciendo? —estalló.
Desde anoche Sebastián no había regresado y ella se había quedado con la duda. No imaginó encontrárselos ahí.
Teresa se asustó y se zafó de inmediato del abrazo.
¡Pum!
Isabel se le fue encima y le soltó una cachetada a Teresa.
—Pinche descarada. Con razón sigues aferrada a Sebastián. Ya es mi marido. Ten tantita vergüenza. ¿Qué, te encanta meterte donde no te llaman? Hoy te voy a dejar en ridículo para que todos vean la clase de vieja que eres.
Isabel soltaba puras groserías y todavía quiso lanzarse a jalonearle la ropa a Teresa.
Sebastián la frenó en seco.
—Isabel, ¿qué traes? ¿Por qué estás haciendo este escándalo desde temprano? Teresa y yo no tenemos nada. No inventes.

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