Pero Zacarías ni la peló; se metió directo a la lluvia.
Mónica se quedó helada.
¿Por qué, al oír que Cecilia desapareció, a él le preocupó tanto? ¿A poco le gustaba Cecilia?
Ah, bueno.
El chamaco, a sus espaldas, ¿y resulta que se anda clavando con su mejor amiga?
A Mónica le cayó gordo, pero no era momento de pensar en eso.
También estaba muy preocupada por Cecilia. Mandó llamar al chofer y salió a buscarla.
—
—Saúl, ya lo ubicamos. A la señorita Galindo se la llevaron un grupo de tipos… al muelle.
—Me voy ahorita al muelle —dijo Saúl, y de inmediato se subió al carro.
De pronto se giró hacia Dante:
—Tú no vengas. Consígueme gente y tráetela.
—Saúl, mejor espera a que los junte y vamos juntos. Tú solo es peligroso.
—La que está en peligro es Cici. Cada minuto cuenta. ¿Cómo me voy a quedar esperando? Haz lo que te dije: tráete a los nuestros. Esta noche, seguro se arma grande.
Saúl arrancó y se fue a toda velocidad.
Dante se quedó ahí, apretando los puños, sin poder entenderlo.
¿De verdad, por ella, era capaz de jugarse la vida así?
La tormenta cayó con todo.
La lluvia golpeaba la ciudad entera. Sobre el asfalto, aparte de unos cuantos carros que pasaban a prisa, no se veía ni un solo peatón.
En la oscuridad, un Rolls-Royce negro estaba estacionado a un lado.
El hombre dentro bajó el vidrio. Un sujeto vestido de negro, con paraguas, se acercó.
—¿Cómo va? —preguntó el hombre.
—Tal como usted dijo: le soltamos la pista a la gente de Saúl. Ahorita Saúl ya va en camino al muelle.
—Perfecto. Entonces… que lo vuelva a sentir: lo que es quedarse inválido.
El hombre dudó.

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