—¡No! —gritó Cecilia.
Pero ya era tarde.
Iván levantó la barra y, con todas sus fuerzas, la dejó caer.
—¡AAAAH!
El grito desgarró el aire. A Cecilia se le heló el corazón.
¡Le había destrozado la pierna a Lorenzo!
Antes, por más que Iván lo golpeaba, Lorenzo no decía nada… pero ese golpe le arrancó un alarido. Así de brutal había sido.
—Mi pierna… —alcanzó a decir Lorenzo, sin fuerza.
Se dio cuenta de que la pierna izquierda ya no le respondía.
La sangre le empapó el pantalón y se regó por el piso.
Iván se veía encantado.
—¡Eso! ¡Así se hace! ¡Qué pinche gusto!
—Cuando te me pusiste al tiro, ¿pensaste que ibas a acabar así?
Luego se burló de Lorenzo:
—Si me lo suplicas, si dices que eres menos que un perro y que no vales nada… te dejo ir. ¿Cómo ves?
Lorenzo alzó la vista desde el charco de sangre. Tenía la cabeza empapada de sudor; el cabello se le pegaba a la frente.
Temblaba entero, aguantando el dolor.
Y, entre dientes, le sacó unas palabras:
—Ni… lo… sueñes.
Eso terminó de reventar a Iván. Volvió a levantar la barra y se la estrelló en el otro pie.
—¡AAAAH!
Lorenzo gritó de nuevo.
—¡Ya párale! ¡Ya párale! Iván, ¡es de tu propia sangre! ¿No tienes tantita madre? —gritó Cecilia.
Veía cómo Lorenzo se desangraba. Le daba pánico que se le fuera por la pérdida de sangre.
—¿Hermano? ¿De qué hablas? Yo no tengo hermanos. ¿Este desgraciado? ¿Él cree que merece ser mi hermano? —escupió Iván.

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