Soltó una escupida de puro asco.
—Todavía no eres quien para acabar con ella. Su vida es mía; tú no puedes quitársela ahora.
—Héctor, ¿qué significa esto? ¡Si antes me lo prometiste!
—Yo solo te prometí que te dejaría “encargarte” un rato. Nunca te prometí entregarte su vida.
—Héctor, no puedes hacer esto. Esa mujer es peligrosa. Si no la desaparecemos de una vez, esto se nos va a regresar peor. Si se nos escapa, la próxima vez no va a ser tan fácil atraparla.
A Héctor ya se le estaba acabando la paciencia.
—¡Cállate a la chingada! Ya te dije que su vida sirve para otra cosa, ¿o no entiendes? Conmigo aquí, ¿crees que se va a escapar?
Al ver que Héctor se encendió, Iván ya no insistió.
—Va, Héctor. Te la dejo. Pero antes quiero usarla para una cosa.
—Apúrate. En cuanto llegue el barco, me la voy a llevar mar adentro.
—Sí.
Dicho eso, Héctor salió.
Solo dejó a unos cuantos hombres vigilándola.
A Cecilia de pronto se le prendió el foco.
Miró a Iván y preguntó:
—¿Qué piensas hacer?
—Ahorita lo vas a saber —Iván sonrió con malicia.
Al poco rato, uno de los hombres entró a reportar:
—Señor Urbina, ya llegó.
—¡Ja, ja, ja! ¡Déjalo pasar! Ya llevaba mucho tiempo esperando esto.
—
Del otro lado, Cecilia llevaba horas sin regresar, y Marina y Thiago estaban con el alma en un hilo.
Sobre todo Marina, que no dejaba de caminar de un lado a otro en la sala.
—Teresa, ¿ya entró la llamada de Cici?

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