—Iván, ¿tú qué fregados quieres?
—Pues agarrarte, Cecilia. Por fin caíste en mis manos… ¡ja, ja, ja! —Iván se rió, feliz.
Cecilia aprovechó que él se confió y le soltó una patada.
¡Pum!
Iván cayó al suelo.
Con la mano temblándole, la señaló:
—Tú… tú…
—¿Director Urbina, está bien? —La gente a su lado lo ayudó a levantarse.
—¡Le voy a romper las piernas! ¡La voy a matar! ¡La voy a hacer pedazos! —Iván se desquició.
Héctor habló:
—Romperle las piernas no es ahorita. Este no es el lugar. Llévensela primero. Aquí hay mucha gente; mejor no le jueguen al vivo.
Iván estaba que rechinaba los dientes del coraje, pero no le quedó de otra que hacerle caso a Héctor.
Sin Héctor, ni de chiste podía con Cecilia.
Héctor se acercó y le dio un golpe seco en la nuca. Cecilia se desmayó al instante.
Cuando volvió en sí, se dio cuenta de que estaba en una bodega. Tenía todo el cuerpo amarrado, y alrededor se oía el viento silbando.
Ya era de noche, y encima el aire estaba fuerte.
Esa bodega debía estar cerca del mar… ¿la habrían llevado por la zona del muelle?
Hasta donde ella sabía, por ahí había varias bodegas y un montón de contenedores.
La mercancía que se quedaba “en espera” muchas veces la dejaban en esa área.
Pero esa bodega parecía abandonada desde hace tiempo; por dentro estaba hecha un tiradero.
¡Clac!

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