—Daniel, lo de la familia Rivas es complicado; no se puede explicar así nada más. Hoy que se quede aquí y mañana temprano lo llevo de regreso.
En cuanto Leandro oyó que lo iban a regresar, dejó de comer y se aferró al brazo de Cecilia.
—No quiero volver… Señorita Cici, no quiero volver… —se puso a llorar—. Otra vez me va a dejar…
Todos se quedaron pasmados.
—Está bien, no vuelves. Era broma. Anda, come, para que duermas a gusto.
Marina negó con la cabeza.
—De veras parece un niño.
Para cuidarlo, Marina hizo que Adrián durmiera con él.
Adrián era fuerte; si a Leandro se le botaba la canica y se ponía agresivo, Adrián podría controlarlo.
Al final, Leandro era un hombre adulto. Si se descontrolaba, no cualquiera iba a poder con él.
Cecilia regresó a su cuarto. Pensaba bañarse y dormir; de verdad estaba agotada.
Abrió la regadera y, mientras se bañaba, escuchó que alguien abría una puerta afuera. Al instante se puso alerta.
Siempre había tenido muy buen oído: cualquier movimiento raro y se encendían sus alarmas.
Iba a agarrar una toalla para cubrirse cuando, de golpe, la puerta del baño se abrió y alguien se metió corriendo para abrazarla.
—¡Señorita Cici! ¡Quiero dormir con usted! ¡Me da miedo…!
Hasta entonces Cecilia se dio cuenta de que era Leandro. Lo empujó hacia afuera, cerró la puerta y se envolvió con la toalla.
¿Y si alcanzó a verla?
Se la llevó la fregada del coraje.
Afuera, Leandro seguía golpeando la puerta. Cecilia la abrió y lo miró con frialdad.
—¿Por qué no estás dormido? ¿Qué haces en mi cuarto?
Leandro habló con voz temblorosa.
—Señorita Cici… quiero dormir con usted. Me da miedo despertar y que ya no esté. No me deje…
Cecilia se le fue encima, lo sujetó del cuello y lo miró con una frialdad que helaba.

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