—Ay, no… ya se enojó la señora Ledesma. Qué pena, me equivoqué al hablar, pero dije la verdad, ¿eh?
Zoe era así de venenosa, y aun así Cristian ni siquiera la regañó. Su balanza estaba tan cargada hacia ella que ya ni disimulaba.
¡Paf!
En eso, alguien entró de golpe y le soltó una cachetada a Zoe.
Valeria no pudo evitar gritar:
—Claudia…
En cuanto Zoe vio quién la había golpeado, soltó un chillido.
—¿Y tú quién te crees? ¿Cómo te atreves a pegarme?
Claudia le respondió, sin ninguna cortesía:
—A ti te pegué. ¿Y tú quién te crees? ¿Tú y mi papá tienen acta de matrimonio? ¿Son algo legal? Mi mamá, por lo menos, sí es su esposa. Tú eres la otra, y todavía te atreves a humillarla. Si esto fuera otra época, serías nada más “la querida”, y aun así te quieres poner por encima de la señora de la casa. Ni sabes en qué lugar estás parada.
Esa humillación agarró a todos por sorpresa. Nadie se imaginaba que Claudia fuera a aventarse algo así.
Zoe, al oírla, explotó.
—¡Cristian! ¡Dios mío, ya no quiero vivir! ¡Me está humillando así! ¡Si tú fuiste el que me buscó! ¿Tú crees que yo quería meterme aquí? ¡Tú tienes que poner orden! Si no, de verdad ya no quiero seguir… ¡Qué vida tan miserable la mía! Afuera me ven por encima del hombro y aquí en la casa también tengo que aguantar estas cosas… ¡Ya no puedo!
Cristian se puso furioso.
—Claudia, discúlpate con la señora Lamas. ¡Ahora!
—No hice nada malo. Ella empezó, ella fue la que se metió con mi mamá. ¿De verdad vas a ser así de parcial, papá? Nos traen de encargo, y mi mamá es tu esposa, la que estuvo contigo desde joven, la que te acompañó todos estos años.
—Claudia, ya no digas nada… —le susurró Valeria, tratando de calmarla.
A Cristian se le marcaron las venas en la cara.
—Te lo digo por última vez: discúlpate.

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