Laura no esperaba que todavía faltara eso.
—Señora… eso pudo ser de cuando el señor sale, se pelea, o se cae. Es normal…
—¿Normal? No. Ya lo revisamos: no son golpes de una caída ni de una pelea. Son marcas de pellizcos. Señora, creo que tiene que revisar las cámaras de la casa donde vive el señor Leandro —propuso Cecilia.
Desde que vio a Laura, Cecilia entendió que era alguien que aparentaba una cosa y hacía otra.
Igual que la mujer del rancho en su infancia.
Clara Lamas de Valdés le había dado dinero a esa mujer para que la cuidara, pero en cuanto Clara se iba, la maltrataba.
Cecilia sabía lo que era eso… por eso no podía hacerse de la vista gorda.
—¡Señora, no le haga caso a esta mujer! Yo no he hecho nada. De verdad, las heridas fueron de afuera. Nosotros tratamos muy bien al señor, se lo juro.
Laura terminó y miró a Cecilia, furiosa.
—Yo no te he hecho nada. ¿Por qué me quieres hundir? ¿Por qué?
—No la estoy hundiendo. Solo estoy diciendo lo que hay. Si usted no hizo nada, ¿por qué está nerviosa? Con la relación que tiene con la señora Ledesma, debería estar tranquila. Es solo revisar cámaras.
—Yo…
Valeria la cortó.
—Ya. Como dije: traigan las grabaciones de la casa donde vive el señor. Las voy a ver yo misma. Y si te estoy acusando de más, Laura, te voy a pedir disculpas.
Con la orden de la señora Ledesma, Laura no se atrevió a negarse. Se quedó esperando.
Al rato, un empleado volvió con la noticia.
—Señora, el registro de las cámaras está dañado… no se ve nada.
—¿Cómo que dañado? —Valeria no entendía.
En ese momento, Laura miró a Cecilia con una sonrisita de suficiencia.

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