Cuando por fin se fueron, Cecilia miró al hombre en el suelo.
Se veía de veintitantos, pero estaba demasiado sucio.
—¿Estás bien? —preguntó Cecilia.
—Je, je… señorita bonita… qué bonita… señorita bonita… —Sus ojos estaban limpios, claros. Al verla, sonrió como si de verdad estuviera feliz.
Cecilia suspiró por dentro. Sí, tenía un problema mental.
—¿Cómo te llamas?
—Señorita… tengo hambre… quiero comer… señorita…
El hombre le jaló la orilla de la ropa, como un niño haciendo berrinche.
Bueno… ya que estaba ahí, lo ayudaría hasta el final. Por cómo estaba, tampoco parecía que pudiera decir mucho.
Cecilia lo llevó a un local de comida y le compró pan.
Él lo agarró y empezó a comer con desesperación.
—Qué rico… gracias, señorita…
Cecilia vio que tenía migajas en la comisura. Estiró la mano para quitárselas, pero antes de tocarlo, él se encogió y se fue a una esquina, en cuclillas.
—Ya no como, ya no como… no me pegues… no me pegues… ya no como…
Cecilia se quedó tiesa.
¿Qué le habrán hecho?
¿Con solo levantar la mano ya pensaba que lo iban a golpear?
—Tranquilo, no te voy a pegar. Come, ¿sí?
Él la miró varias veces. Cuando vio que de verdad no iba a hacerle nada, volvió a quedarse en la esquina y siguió comiendo.
Pobrecito.
Cuando terminó, Cecilia preguntó:
—¿Ya te llenaste? Ahora sí, dime: ¿cómo te llamas?

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