Nuria soltó una risa despectiva.
—¿Quiere acercarse al señor Urbina por medio de mí? ¿No que su hermana anda muy pegada con él? ¿Por qué no va con su hermana?
—Usted no sabe… Mi hermana y yo no somos hijas de la misma mamá. Ella le trae coraje a toda la familia. Desde que está con el señor Urbina, mi papá ya se inclina por ella. Hoy la busqué porque quiero entender qué está pasando. El señor Urbina… ¿de verdad le gusta mi hermana?
Mientras hablaba, Natalia le puso enfrente una cajita fina.
—Señorita Galindo, este collar es diseño de Elisa, de Estudio Cobalto. Es de la colección del año pasado, pero es dificilísimo de conseguir. Ojalá lo acepte.
Nuria lo miró y no pudo evitar pensar: la familia Solano no le llegaba a los Galindo, pero Natalia sí podía pagar un collar de Estudio Cobalto.
A ella, en la familia Galindo, le iba peor que a Natalia.
También era porque en los Galindo eran demasiados: aunque el pastel fuera grande, a ella le tocaba una rebanada miserable.
Nuria sonrió.
—Qué detalle, señorita Solano. Pregunte directo. Lo que yo sepa, se lo digo. Y ya que estamos, de aquí en adelante somos amigas.
—Berta sí anda muy pegada con el señor Urbina. Ahora, que él la quiera… no creo. Usted sabe que él siempre estuvo soltero. A su lado, fuera de su escolta, no había mujeres. Pero llegó Berta y rompió esa regla… ¿no se le hace raro?
Natalia se emocionó.
—Entonces, ¿por qué está con Berta?
Saber eso era clave para tumbarla.
Nuria miró alrededor y bajó la voz.
—Señorita Solano, se lo digo porque la considero amiga. Pero esto ni se le ocurra repetirlo. Que no salga de aquí, ¿sí?
—No se preocupe, señorita Galindo. Soy muy discreta. Jamás la metería en problemas.
—La verdad es que el señor Urbina… prefiere a los hombres.
—¿Qué? —Natalia se quedó en shock.
Luego frunció el ceño, confundida.

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