Qué raro.
Cecilia sentía que había algo detrás.
Por más discreta que fuera, no tenía sentido que dejara a su hija tragarse ese tipo de humillaciones.
—Ya, no le des vueltas. Vamos a cenar —dijo Saúl.
Se llevó a Cecilia de la casa de la familia Rivas.
Se subieron otra vez a la moto eléctrica y se metieron a un tianguis nocturno.
—Aquí venden unos tacos al pastor buenísimos. ¿Pedimos de esos? —propuso Cecilia.
—Va. Si a ti te gustan, con eso.
Se sentaron en un puestito y pidieron dos platos.
Venían con su cilantro, cebolla y salsita, y olían increíble.
—A ver, gran director… pruébalos. Por la escuela había muchos así; antes Martina me traía seguido.
—Órale… pero dame tú una mordida.
Cecilia lo miró: ya estaba grandote y seguía de encimoso.
Aun así, agarró un taquito y se lo dio en la boca.
—Está buenísimo —dijo Saúl. En ese momento, se sintió demasiado feliz.
No muy lejos, en otro puesto, Lorenzo Urbina y Berta Solano también estaban cenando.
Lorenzo vio a Cecilia casi de inmediato.
Al verla tan cariñosa con Saúl, se le fue el apetito.
Su mirada se entristeció.
—Director Urbina, ¿qué tiene? ¿No le gustó? —preguntó Berta.
—No es eso.
Berta notó lo raro. Siguió su mirada y vio a Cecilia con Saúl.
Entendió al instante.
—Director Urbina… ¿esa no es Cecilia con el director Rivas? ¿Le dio celos?
—¡No! —Lorenzo respondió, brusco.
—Entonces, ¿vamos a saludarlos? Qué casualidad encontrarlos aquí.
Lorenzo no contestó. Se levantó y se fue.

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