El encargado asintió de inmediato.
—Entendido.
Hizo una seña y se llevaron al borracho a rastras, hasta sacarlo.
—Sr. Rivas, disculpe la molestia.
—No pasa nada. Gracias —respondió Joaquín.
Luego Joaquín volteó a ver a Cecilia, con una emoción apenas disimulada.
—Cecilia, ¿y tú qué haces en un lugar así?
—Vine a buscar a un amigo. ¿Y tú? ¿Qué hace aquí el Sr. Rivas?
Joaquín dijo con calma:
—No me digas “Sr. Rivas”, suena bien distante. Tú eres mi futura cuñada. Dime Joaquín, ya. Y qué casualidad: yo también vine a ver a un amigo. No pensé que iba a encontrarte aquí.
—Oye, ¿a quién buscas? Yo te ayudo. Tengo conocidos aquí.
—No te preocupes. Ya se fue. Solo estaba viendo… nunca había venido a un lugar así.
Cecilia no esperaba perder tanto tiempo ahí, y encima toparse con Joaquín. En ese punto ya no era tan conveniente seguir buscando a Héctor.
Le mandó un WhatsApp a Camilo desde el celular.
[Me salió un imprevisto. Mantén a tu gente vigilando a Héctor.]
Camilo: [Jefa, ese tipo es bien colmilludo. Ya se salió del casino y se zafó de los que mandé.]
Otra vez: llegaron tarde.
—Cecilia, ¿vas a ver a mi hermano? Si quieres, te acompaño a la oficina. Apenas regresé y ni he ido a verlo. Hoy invito: tú, mi hermano y yo cenamos. No me vas a decir que no, ¿verdad?
La verdad, quedaba feo rechazarlo.
—Está bien —aceptó Cecilia.
Ya afuera, se subieron al carro de Joaquín. Él agarró un estuchito elegante y se lo dio a Cecilia.
—Cecilia, te traje un regalo de fuera. A ver si te gusta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia