—Pásame la ubicación. Voy a ir.
Ese era el tipo que había armado el golpe contra la fábrica electrónica: mandó meter sustancias dañinas en la materia prima. Iba directo contra ella.
—Va. Ahorita.
Al rato, a Cecilia le llegó el mensaje al celular. Checó la hora: ya casi era salida. Así que se fue de la empresa.
Justo en eso, Miriam necesitaba mandar a alguien por unas muestras.
Buscó un rato y no vio a Cecilia.
—Isidora, ¿y Cecilia? —preguntó Miriam.
—Creo que ya se fue. La vi recoger sus cosas.
Miriam se encendió.
—¿Y a qué hora se le hizo para irse?
Isidora dijo bajito:
—Miriam… ya es hora de salida.
Miriam miró la hora. Sí, ya era.
Aun así, siguió de necia:
—Sí, pero apenas dan la hora y ya salió disparada. A ver, ¿quién más aquí se va tan rápido como ella?
Se quejó lo que quiso, pero Cecilia ya se había ido y no había nada que hacer.
Por su parte, Cecilia ya estaba en el casino clandestino.
El lugar era un caos: de todo tipo de gente amontonada alrededor de las mesas. No era enorme, pero el dinero que se movía ahí era una locura.
—Oiga, señorita, ¿a quién busca? —la detuvo un jugador, cerrándole el paso.
Traía la cara roja y olía a alcohol. Estaba borracho.
—Quítate —dijo Cecilia, fría.

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