Llegaron al hotel.
Anaís, con la tarjeta en la mano, dijo:
—Señorita Galindo, su habitación está en el séptimo piso.
—¿Y la mía? —preguntó Saúl.
—Saúl, la tuya está en el octavo. La verdad no quería que quedaran tan separados, pero aquí no es como en Ciudad de San Martín. Justo en estas fechas casi no hay cuartos; solo quedaban esos —explicó Anaís.
—Bueno, séptimo piso entonces. Voy a subir a arreglarme tantito —dijo Cecilia.
Saúl le acarició el cabello.
—Al rato paso por ti para ir a cenar.
Anaís lo vio tratándola con tanta ternura y por dentro se estaba muriendo de celos.
Anaís y Saúl subieron al octavo. En cuanto Saúl abrió la puerta y vio que ella pretendía meterse, la detuvo.
—Ya. No entres.
—Está bien, Saúl. Si se te ofrece algo, me avisas. Estoy en el cuarto de al lado —dijo Anaís.
Saúl se quedó sin palabras.
Cecilia estaba abajo… y Anaís justo a un lado de él.
A Saúl no le encantó la idea, pero no dijo nada.
Se bañó, se cambió y bajó a buscar a Cecilia.
—Cici, ¿vamos a comer algo? —dijo Saúl.
—Va.
Después de dos horas de vuelo, ya tenía hambre.
En eso, también llegó Anaís.
—Saúl, ya reservé en un restaurante. Vamos —dijo con una sonrisa.
—No hace falta. Voy a ir con Cecilia.
Cecilia miró a Anaís y de pronto dijo:
—Entonces que venga también la señorita Calderón.
Como Cecilia lo dijo así, Saúl no se opuso, y los tres fueron al restaurante.

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