—Mira nada más, hasta te pusiste roja. ¿Qué, también te gusta el director Urbina? Ah, con razón. Una simple secretaria y en vez de chambear, anda enamorada de su jefe —dijo Berta, señalándola.
Nuria se enfureció. Se le fue la boca antes de pensar.
—¿Y si me gusta, qué? ¿A ti qué te importa?
—Perfecto. Entonces ahorita mismo voy a decirle al director Urbina que estás enamorada de él y que ni trabajas bien porque te la pasas soñando cosas.
—¡Espérate! A todo el mundo le gusta, ¿o también vas a ir de chismosa con todos? Señorita Solano, esto es Grupo Alcántara, no la calle. Y el director Urbina está ocupado; mejor no lo interrumpa.
Berta soltó una risa de desprecio.
—Pues yo sí voy a entrar.
—¡Ni se te ocurra! —Nuria se puso enfrente y abrió los brazos para bloquearla.
Berta ni la tomó en serio.
Para cobrarse lo de la última vez que Nuria la había frenado, juntó fuerza y la empujó con ganas.
—¡Ay! —Nuria perdió el equilibrio y cayó al piso.
Quedó hecha un desastre.
Berta la miró desde arriba.
—No estás a mi altura.
Nuria se quedó muda del coraje.
Berta tocó la puerta y entró.
Lorenzo estaba revisando documentos, firmando sin parar.
—Ya llegaste —dijo, sin levantar la vista.
—Ajá —respondió Berta.
En ese momento, Nuria entró a toda prisa.
—Director Urbina, no pude detenerla… insistió en entrar… —dijo Nuria, con cara de víctima, mirando a Lorenzo.
—No hace falta detenerla —respondió Lorenzo, indiferente.
Nuria se quedó helada.
¿No hacía falta?
¿Entonces de verdad se llevaban?
Lorenzo notó que Nuria se quedó callada y alzó la vista.

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