Marina, que venía de un pueblito, resultó ser la consentida de Thiago.
Y ahora su hija hasta tenía una casa enorme. De plano, le había pegado al premio mayor.
Facundo, al ver que Thiago se negó, por dentro soltó el aire.
¡Si de verdad les regresaban la fábrica de electrónicos a la familia de Thiago, ellos sí iban a quedar en la ruina!
Entonces su vuelta a la cárcel habría sido en vano.
—Agustín, acompáñalos a la salida. Y las cosas de la abuela, llévatelas bien, que no se les vaya a olvidar nada —le ordenó Cecilia a Agustín.
En pocas palabras: ya se podían largar.
Con lo metiches que eran, quién sabía qué otra cosa iban a querer armar.
***
Grupo Alcántara.
Un Ferrari se detuvo frente a la entrada de la empresa. El chofer bajó con toda formalidad y le abrió la puerta.
Berta, con tacones y un vestido de diseñador, se bajó del carro.
Ahora se veía radiante.
Nada que ver con la Berta de antes.
Había logrado entrar a trabajar en Grupo Solano. No era un puesto alto, pero con su esfuerzo, estaba segura de que iba a escalar.
—Señorita, ¿a quién busca? —preguntó la recepcionista, acercándose.
Berta levantó la barbilla, orgullosa.
—Vengo a ver al director Urbina. Soy yo, la de la otra vez… la mujer del director Urbina.
La recepcionista se quedó helada.
—¿Me está tomando el pelo? La última vez también vino a inventar eso —dijo, sin creerle.
Berta sacó el celular y sonrió.
—Mire, señorita. Ahorita mismo le marco al director Urbina.
Berta hizo una llamada por WhatsApp a Lorenzo, y enseguida contestaron.
—¿Qué pasó? —se escuchó una voz grave y muy segura del otro lado.
La recepcionista lo reconoció al instante; esa voz ya se le había quedado grabada.
—Lorenzo, tu recepcionista me está parando. Dile que me deje pasar, ¿no?
Lorenzo respondió por teléfono:

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