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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 239

Cecilia le echó un vistazo y también lo notó rápido.

Había días en que, por la escuela, no le daba tiempo de revisar todo.

Sebastián, en cambio, sí había estado al tiro y ya se lo tenía marcado.

—Sí, está mal. Te voy a pedir que le metas orden a esto.

—Claro —sonrió Sebastián.

En menos de una hora, Cecilia dejó hecha la entrega.

Sebastián era responsable; todo lo que ella le encargaba, lo tomaba en serio.

Cuando terminaron, Cecilia fue a ver a Thiago.

—Papá.

—Cici, ya llegaste. ¿Ya quedó la entrega? —preguntó Thiago.

—Sí. Sebastián es bueno. Dejándole finanzas, me quedo tranquila.

Thiago se rio.

—Sí, es un buen muchacho. No me equivoqué. Con él aquí, tú también te quitas un peso de encima.

Mientras platicaban, Cecilia vio a alguien pasar afuera.

¿Isabel?

¿Otra vez en la empresa?

No le dio muchas vueltas. Isabel ya no tenía poder ahí; no debía poder hacer gran cosa.

Pero al salir, Cecilia la vio entrar a la oficina de Sebastián.

—¡Sebastián! —Isabel se metió sin tocar.

Sebastián estaba ocupado, pero aun así le sonrió por cortesía.

—Isabel, ¿qué haces aquí?

—Pues ahora también soy empleada de finanzas. Ya somos compañeros, ¿quieres que te ayude?

Isabel lo miraba embobada.

No esperaba que Sebastián estuviera tan guapo comparado con cuando eran niños.

—No hace falta. Yo puedo solo.

—Sebastián, ¿te acuerdas de cuando eras niño? Cuando ibas a la casa de los Galindo, nosotros…

—Isabel, ahorita estoy trabajando. Si quieres, cuando salga te marco y nos vemos un rato —dijo Sebastián, más frío de lo normal.

Traía un montón encima; no estaba para pláticas.

Ainhoa estalló.

—¿Lo compró de vuelta? ¿Qué significa eso? ¿Que le cobraste a los dos?

—Ainhoa, si es un trato, yo puedo hacer tratos con usted… y también con otras personas. Además Saúl pagó más: cien millones.

—¡Tú…! ¡Eres una mujer sin palabra! ¡Te atreves a engañarme!

Ainhoa apretó los dientes. Cecilia, en cambio, seguía tranquila.

—No la engañé. Yo pensaba regresarle los cincuenta millones, pero Saúl no me dejó. Dijo que, total, “ya somos familia”. Si usted insiste en ese dinero, pídaselo a él.

—¡Cómo te atreves! —Ainhoa temblaba de coraje.

En su vida la habían hecho quedar así.

Era como si Cecilia le hubiera robado cincuenta millones en la cara.

—Ainhoa, no se enoje. El compromiso con Saúl lo arregló el señor Rivas desde el inicio. Cuando Saúl y yo nos casemos, la vamos a respetar como se debe.

—¡Vengan! —ordenó Ainhoa, con voz dura.

Varios guardaespaldas vestidos de negro aparecieron de inmediato y la rodearon.

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