—Cici, Sebastián es sobrino de tu abuela, del lado de su familia. Como tú de chiquita anduviste fuera, no lo ubicas —le explicó Marina.
Al rato apareció un joven de poco más de veinte años.
Traía traje y se veía educado, con porte de buena familia.
—Sebastián, un gusto verla, tía abuela… y un gusto saludar a todos —dijo, muy correcto.
La abuela, rara vez sonriente, lo miró con gusto.
—Sebastián, llegaste justo a tiempo. Tenía rato sin verte… ya eres todo un galán, ¿eh?
Sebastián se mostró sencillo y luego saludó a los primos uno por uno.
Ya en la mesa, la abuela miró a Thiago.
—Thiago, en realidad hoy también te llamé por otra cosa: lo de finanzas. Quiero que Sebastián se encargue. A partir de ahora, que sea el gerente de finanzas. ¿Cómo lo ves?
A Thiago le pareció perfecto.
—Mamá, Sebastián estudió afuera y tiene capacidad. Claro que sí.
Cecilia siguió comiendo en silencio. Pensó que Thiago sí valoraba a Sebastián.
Pero también era evidente que la abuela todavía no terminaba de confiar: por eso metía a un familiar suyo a la empresa.
Aun así, por su forma de hablar y comportarse, Sebastián parecía decente.
De pronto, Cecilia notó a Teresa a su lado: su mirada estaba pegada en Sebastián.
Desde que él apareció, no lo había dejado de ver.
Noa, mientras tanto, comía con el servicio.
Pero no le entraba la comida.
La familia Galindo de veras no la trataba como persona: la habían sentado con los trabajadores.
Apenas comió unas cucharadas y se salió a tomar aire.
Entonces escuchó voces al frente y se acercó a escondidas.
Eran Sebastián y Teresa.
—Teresa, cuánto tiempo. ¿Cómo has estado? Me enteré de que entraste a Estudio Cobalto… la verdad no me imaginaba que también diseñaras.
¿Por qué a ella sola le tocaba lo peor?
—¿Y tú qué andas espiando aquí? —sonó la voz de Isabel a su espalda.
Noa y Isabel nunca se habían llevado bien.
Desde que Noa venía de niña con Marina, hasta se habían agarrado del chongo.
Isabel no iba a desperdiciar la oportunidad de burlarse.
—No estoy viendo nada.
—Ajá. Antes ya eras corriente… y mírate: encima resultaste ser una mentira, ni siquiera eres de la familia Galindo. Eres más baja de lo que imaginaba. Te admiro el descaro: todavía te atreves a venir aquí —se burló Isabel.
Noa se encendió.
—¿Baja? Yo soy la hija biológica. ¡La falsa es Cecilia! Y además, antes el Grupo Valdés les pasaba por encima al Grupo Galindo. ¿Con qué cara me dices eso?
Isabel soltó la carcajada.
—Ay, qué risa me das. Tú misma lo dijiste: antes. Ahorita los Valdés ya quebraron. ¿Y qué haces tú? Venir a colgarte de los Galindo. Mi tío y mi tía son blandos, pero nosotros no. Hoy por hoy, aquí no eres más que una perra. ¡Ni a la mesa te mereces sentarte!

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