¿Con que Saúl saliera respondón no bastaba, todavía quería meter a Cecilia también?
Si fuera una nuera obediente y prudente, todavía lo aceptaba.
Pero Cecilia ni la pelaba.
Irene pensó un momento y se le ocurrió algo.
—Señora… ¿y si hacemos esto…? —susurró Irene al oído de Ainhoa.
Ainhoa sonrió; le pareció buena idea.
…
De noche.
Saúl estaba solo en la terraza. El viento soplaba fuerte.
Todo alrededor estaba oscuro; ni una estrella se veía en el cielo.
Después de pensarlo mucho, marcó el número de Cecilia.
Pero el teléfono apenas sonó una vez; pensó que quizá ya estaba dormida, no quiso molestarla y colgó.
Del otro lado, Cecilia vio que el celular se iluminó: era Saúl.
Apenas lo tomó, la llamada ya se había cortado.
Se le hizo raro.
¿Y este qué?
Ya eran las once. ¿Todavía no dormía?
Cecilia sintió que quizá traía algo, así que le devolvió la llamada.
—Cici, ¿no te has dormido? —Saúl se alegró en cuanto vio que era ella.
Cecilia siempre era fría. Además, por Damián él ya sabía cómo había sido su infancia.
No le parecía extraño; él se la iba a ir ganando poco a poco.
Que ella le llamara de regreso sí lo tomó por sorpresa.
—¿Qué pasa? —preguntó Cecilia.
Saúl fumó y sonrió.
—Nada… es que te extraño. Te extraño tanto que no me puedo dormir.
—Estás mal —refunfuñó Cecilia.
—Sí, ando bien mal: te extraño tanto que no puedo dormir. Cici… ahorita sí quisiera abrazarte.
Cecilia se quedó callada.
A esas horas, ella no estaba para oírle sus cursilerías.
—Ya duérmete. Mañana trabajas, ¿no? —le dijo Cecilia, como regaño.
Cecilia no supo qué decir.
Ya entendía: seguía clavado con lo de Macarena.
—La extrañas, ¿verdad? Mira, si no se puede arreglar, ni modo. Luego le pido a Sira que te presente a alguien más.
Adrián negó con la cabeza.
—No. Yo solo quiero a Macarena.
Cecilia se quedó callada.
«Sigue bien atorado», pensó.
Suspiró. No se esperaba que Adrián fuera tan intenso para querer.
Cecilia fue por dos vasos de agua. En uno le puso una pastilla para dormir que ella misma preparaba; se deshizo rápido, sin dejar sabor.
Luego se lo dio a Adrián.
—Toma agua. Ya hasta te vas a deshidratar de tanto llorar. Eres un hombre, Adrián. ¿Cómo que por esto ya sientes que te mueres?
Adrián no lo pensó mucho. Agarró el vaso y se lo tomó de jalón.
En cuanto terminó, se quedó tieso un segundo y luego se desplomó en el sillón.
Cecilia negó con la cabeza, le trajo una cobija y lo tapó para que durmiera ahí.
Con ese tamaño, le daba flojera subirlo al cuarto.

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